Elsa Levy
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Cuentos

LA NOCHE, LA NIEBLA, Y LA MUJER DE BLANCO

 

Cuento en el libro: Bajo la piel

 

....Ven otra vez a buscarme

a decirme con tu sola visita que eres cierta...

(...)

Ven tu risa, ven tus ojos

ven tus manos para guardarme un rato...

Agustín Monsreal

Los barullos de los loros, el silbido del viento que juguetea entre la fronda de los árboles y los chillidos de los monos amortiguan el sonido de los pasos del hombre que se abre camino a través la maleza. El sol lanza sus últimas saetas perforando los brazos entrelazados de las ceibas y los robles blancos, engalanados con el encaje de las enredaderas de vainilla que pueblan la selva lacandona.                                       

          Termina el día; David se detiene cerca de un arroyo, reúne un altero de ramas y prende una fogata. De reojo cree advertir que algo se mueve entre los árboles. Desde hace dos días que salió del caserío que descubrió, en medio de la selva de niebla, ha escuchado a sus espaldas, ruidos de pasos sobre la hojarasca. Acepta que por los golpes recibidos en el accidente y el cansancio, ya no sabe ni lo que ve y no quiere dejarse ganar por el miedo. Se siente atrapado por los inmensos árboles y la soledad. Ha caminado con su cuadrilla innumerables veces por selvas, cerros y cañadas, pero se dice que es muy diferente estar solo y perdido; además, el dolor de cabeza se le ha vuelto insoportable y no tiene con qué calmarlo. Desganado, come unos bocados de fruta cocida del árbol de pan y trata de dormir.

          La fogata se extingue al paso de las horas. El cuerpo de David, hecho ovillo repegado a un tronco, se estremece, de su frente chorrean gotas de sudor y de sus labios escurren palabras ininteligibles.

          De la oscuridad surge una figura delgada cubierta con un largo huipil. Se acerca al doliente, lo observa, luego se arrodilla y le toca la frente. Al comprender que arde, saca de su morral un pocillo de cobre, va al arroyo, lo llena de agua, moja un trozo de jerga y le humedece el rostro, el pecho y el vientre. Permanece a su lado hasta que los primeros rayos del sol comienzan a bañar la selva. Cuando David abre los ojos, alcanza a ver, entreverándose en maleza, la silueta de una mujer vestida de blanco y la cascada bruna de la cabellera que le cubre la espalda.

          "Ahora sí tengo la certeza de que lo que vi no fue una fantasía, alguien real estuvo aquí y es una mujer. Me desabrochó la ropa y refrescó mi cuerpo. No entiendo por qué se esconde", recapacita mientras hace el intento de incorporarse.

          Su impulso se interrumpe, la selva gira a su alrededor. Se siente mal, le duele el cuerpo además de la cabeza. Tiene sed. Decide arrastrarse hasta el arroyo. Al iniciar el movimiento sus ojos se topan con el pocillo. Comprende que la mujer que lo ayudó se preocupó en dejarle agua. Reflexiona en que si lo siguió, de seguro que es de estos lugares y conoce el camino. Quiere hablarle y pedirle que lo guíe hasta Jitotol, el pueblo que Ahau, el jefe de la aldea, le dijo que si caminaba hacia el norte era el más cercano, pero ella no le da la oportunidad: en cuanto sale el sol, se evapora.

          David pasa las horas del día semiconsciente; su cuerpo, tanto tiembla de frío como arde preso de la fiebre. Las frases de su delirio se untan en el fundamento de los robles:     

            ¾Tengo que llegar…, en Jitotol puedo pedir ayuda a la refinería..., no quiero morir solo en esta selva... El yacimiento de petróleo está pasando la selva de niebla...Capitán, ¡cuidado, el helicóptero está cayendo!... ¿Quién eres?... ¿Por qué me sigues?... Quiero agua...

          El letargo, bruma aglomerada, se posesiona de David. Apenas las sombras regresan, la mujer sale de entre los árboles; carga en sus brazos un atado de leña, con ella enciende una fogata, llena el pocillo de agua, introduce dentro de él varias raíces dejándolas hervir. Después se arrodilla, coloca la cabeza del hombre sobre de sus piernas y, utilizando una hoja a manera de cuchara, le da a beber lentamente la poción.

          Espera sin dejar de observarlo; luego, le quita las ropas y de nuevo comienza a refrescarlo con la jerga. Sus dedos, morosos, se entreveran en el cabello dorado que puebla la cabeza y la tupida barba. Las manos, cacao tostado sobre la piel alba del hombre, advierten los escalofríos que lo estremecen; entonces se despoja de su única vestimenta, se acuesta sobre las hojas oprimiéndose a David y cubre sus cuerpos con el huipil. La respiración del hombre se normaliza, deja de sudar y a partir de ese momento su sueño es apacible.              

                                     

La luna cede su lugar al sol. El canto de los zenzontles y la algarabía de las guacamayas penetran el silencio del durmiente. David se remolonea y percibe la calidez adherida a él. Trata de incorporarse. La mujer absorbe el movimiento. Con rapidez desprende su abrazo, toma su ropa, y como viene haciéndolo, corre a internarse en la selva. David sale de su asombro.

          ¾¡Espera, espera, no te vayas!¾Su grito zizaguea entre los troncos gigantescos.

          Dándose cuenta de su desnudez se viste precipitadamente, recoge sus pertenencias y corre siguiendo el rumbo que tomó su protectora. No la ve, no puede alcanzarla a pesar de seguir su rastro que encuentra marcado con señales visibles. Se repite que ella lo cuidó de nuevo, lo guareció del frío con su propio cuerpo, y volvió a huir. Paso a paso David se inflama con la obsesión de verla frente a frente.

          El resto del día, olvidándose de su debilidad y el deseo por llegar a la civilización, David sigue la pista de la mujer. Se detiene sólo a tomar aliento o a comer un trozo de la carne seca que le dieron los indios y un trago de agua. Una energía desconocida, reforzada por la excitación, le hace seguir. Al anochecer, extenuado, se prepara para acampar. Dentro de él hay un presentimiento: si sólo la ha visto de noche, ésta vendrá de nuevo.

          Se acuesta y finge dormir. Un leve sonido lo alerta.

          La esfinge silenciosa se acerca. David siente que unas manos tocan su frente y que el aire que respira se satura de aromas a manzanilla y nardos. Como la noche anterior, la mujer prepara la poción con las raíces y se la da a beber. David mantiene los ojos cerrados, teme abrirlos y que la presencia deseada se esfume.                                   

          La mujer saca de su morral una pequeña vasija de barro y un manojo de hojas secas que deja quemar entre las brasas. El humo impregna al enfermo y se introduce en el cauce de su sangre sumiéndolo en un estado de ensoñación consciente. No se puede mover pero experimenta el pulsar de cada una de sus células; es parte viva del aire que roza su cara, escucha cerca la respiración de ella silbar como el viento entre las cañadas. Los sonidos de la selva noche se convierten en susurros cristalinos. David logra entreabrir por un momento los párpados; percibe que la fronda de los árboles se transforma, los ve mecerse como alas de pájaros colosales en intento de cubrirlo. Son ahora los pétalos abermejados de las flores de los tecolumates que cuelgan cerca, los que observa abrirse y cerrarse como labios femeninos que propagaran su aliento. Pasmados, sus párpados se cierran.                                      

          La temperatura de David aumenta; advierte que la ropa sobre su piel lo palpa como una mano instigadora; entonces pide en súplica ensimismada: "Por favor, desnúdame como ya lo has hecho Como si respondiera a la silenciosa petición, la mujer le retira la ropa; luego, de la vasija depositada a un lado, extrae porciones del contenido y le cubre el cuerpo con movimientos circulares casi imperceptibles al tiempo que de su boca fluye un murmullo dulce, envolvente.

          Lo que le unge huele a jazmines. En donde ella toca, él vibra. Ahora, la mujer, jinete redentor, sube a horcajadas sobre el potro sensibilizado. David siente el peso femenino resbalar de su pecho a sus muslos. Sus cabellos, profusión de dedos, cosquillean su piel ardiente. Su canto oración, lo arrulla. "Madre, estoy hambriento, pégame a tus senos", implora.

          La mujer cesa el susurro y empalma su cuerpo al cuerpo lubricado; luego, en tardo descenso, con su lengua se da a la faena de recoger lo que esparció. La sierpe rosa se desliza desde el cuello hasta el valle atrigado en donde resalta el tronco erguido. Manojo de espigas, lo toma entre sus manos. Lo limpia con terneza, demorando, aspirando, succionando hasta hacerlo estallar en lluvia nacarada.

          El claro de la selva se impregna de esencias mezcladas: dulce del incienso, acre del semen; cuando la sacerdotisa deposita el contenido de su boca sobre las brazas que se van extinguiendo blandamente, hermanadas con el bienestar que ahora inunda el cuerpo purificado.

          A pesar de la somnolencia David hace el intento de abrazar a la mujer, ésta da un salto y se pierde en la selva.

           ¾¡Espera... espera, no te vayas!¾ Logra gritar con voz temblorosa.       

          Quiere incorporarse pero sus miembros no responden, llenos de laxitud, acunan sensaciones liberadoras de cualquier malestar que lo mantienen derramado sobre la hojarasca. Cuando despierta ya ha salido el sol.

          Su primera percepción es de ansiedad. Se dice que necesita encontrarla, y que ahora sí no la dejará ir. Ya no tiene fiebre ni dolor, ella lo curó. Lo único que desea es poseerla, recorrer cada milímetro de su cuerpo como ella ha recorrido el suyo, ver su rostro y saber quién es y por qué hace lo que ha hecho por él.                                         

          Con energía renovada camina entre la maleza descubriendo vestigios del paso de la mujer; comprende que ella le marca el camino y esto acrecienta su deseo. Conforme avanza va penetrando en un espacio de selva de niebla. Con los últimos rayos del sol observa frente a él un pequeño claro entre los árboles, y ahí una construcción. Es un templo maya en perfectas condiciones, semeja una reducción de Yaxilan. Le admira que nunca lo hayan descubierto. Cree reconocer la figura esculpida en la entrada y deduce que es un templo dedicado a Chaac. El rastro que ha venido siguiendo termina en la puerta.

          David entra en el templo. Al fondo arde una antorcha. Cuando sus ojos se acostumbran a la mediana oscuridad ve en el centro del recinto un altar y, acostada sobre él, a la desconocida de blanco. Corre hacia ella con los brazos extendidos mientras grita.

          ¾¡Al fin te encuentro! por favor no huyas.

          La mujer se incorpora. A través de la luz parpadeante David puede ver su rostro de cejas pobladas, ojos grandes, —trozos de obsidiana— nariz aguileña que le confiere expresión austera suavizada por una boca de labios carnosos, apurpurados. David la interroga.

          ¾¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

          Los labios permanecen cerrados. Los ojos oscuros se imantan a las pupilas claras; sin dejar de mirarlo se acerca. Recorriendo un camino conocido lo desnuda. David, ansioso, le quita el huipil; la perfección del cuerpo atezado lo cautiva y trata de abrazarla. Ella presiona levemente sus hombros dirigiéndolo hacia el altar hasta que queda acostado en él.

          ¾Ven¾. Se escucha entrecortada la voz varonil.

          Ella da un paso adelante; David abre los brazos y entorna los ojos. Un profundo y último dolor perfora su pecho.      

          Sus ojos ya no pueden ver que, erguido a un lado de la Xtabay, su seductora, se encuentra Ahau vestido con ropajes ceremoniales, un cuchillo de jade en su mano derecha y en la izquierda un corazón chorreando sangre.                                                          

          Tampoco puede escuchar la oración que Ahau dirige a Chaac.

          ¾Oh, Chaac, poderoso Dios y señor de la lluvia. Ahau, el último de tus siervos, pudo al fin cumplir tu mandato y vengarte. He aquí el corazón de un hombre blanco y barbado con los ojos color de cielo que, voluntariamente se recostó en la piedra de los sacrificios. Gran Dios, llévate la niebla y devuélvenos el sol que nos has negado desde hace veinte generaciones. Ya hemos pagado el precio de haber permitido que los hombres blancos mancillaran tu templo.