LOS CUENTOS DE TATI VACACIONES EN COLIMA Libro de cuentos infantiles publicado por: Universidad de Colima, Instituto Colimense de Cultura y Gobierno del Estado de Colima, 1995. COMENTARIOS Colima es un estado geográfico y también un estado del alma. Uno avanza por la carretera hacia sus tierras cálidas y se va desprendiendo de la agitación de urbes enfermas para aliviarse con ese otro ritmo pendular que nos ofrecen sus palmeras. Una ve en territorio colimense el corazón acaba de sosegarse y se siente en casa aunque sea un extranjero. La placidez invita a la creación. Por eso aquí encontramos variadas manifestaciones del interés intelectual. Día con día nos enteramos de nuevos proyectos que las instituciones y los particulares emprenden con entusiasmo. Digamos que Colima es un estado efervescente, pero de una efervescencia cadenciosa. “Los cuentos de Tati, vacaciones en Colima”, trata de eso mismo: describe un amgbiente de provincia calmo y a la vez alegre. Con sus retratos de lo cotidiano y sus cuentos, Elsa Levy —ahora mejor conocida como Tati— nos instala en el patio interior de su casa abierta a la luz y a la brisa de la tarde y nos comparte su Colima de siempre. El argumento general del libro es simple, más no quiero decir con simple, vacuo. La vida nos muestra a través de los asuntos simples, su grandeza. Un matrimonio e viejos espera a sus nietos que viven en la ciudad de Huston, para mostrarles durante las vacaciones el Estado de Colima. Los abuelos son precismente una metáfora de lo que mencionaba al principio: sólo los viejos conocen la sabiduría del tiempo y han de imprimir, en los jóvenes y vehementes espíritus de los nietos, la paz que se requiere para disfrutar la vida plenamente. Fabián, Aldo, Oscarín y todos los niños que lean este libro, sabrán que hay otro mundo ajeno a las maquinitas de juegos, a los restaurantes de comida rápida, a los centros de entretenimiento en donde hasta el jugo de naranja resulta ser de plástico. Un mundo en el que pasear al perro en el parque, sentarse en una lancha a esperar que la merienda muerda el anzuelo, divertirse en una feria o simplemente sentarse a escuchar un cuento junto a la ventana, nos abre otras ventanas del alma. Hay en la autora una preocupación porque estos hábitos no desaparezcan. La abuela Tati quiere preservar para sus nietos la infancia que a ella le tocó vivir. Con sus relatos parece decirnos: ¿Hay algo más importante en la vida que un vaso de agua helada de tamarindo después de jugar toda la tarde en el corral? ¡Existe cuadro alguno que supere la suprema composición de las copas de los tabachines, las bugambillias enredadas en las parotas y primaveras contra el luminoso azul del mediodía? ¡mejores sueños que aquellos que se forjan junto a los corredores repletos de macetas y jaulas con pájaros cantores? No, no la hay. Pero también hay un mundo paralelo que se despliega gracias a la tranquilidad de aquel espacio amable: el de la imaginación El retrato de la vida en familia, de los lugares y las tradiciones de origen, es aderezado, como todo buen guiso de una abuela con una serie de cuentos que rompen la linealidad del relato y nos sumergen en diferentes circunstancias. El sentido del humor en el cuento de Bartolomé Metano y Anselmo Molcajete; las enseñanzas de los cuentos “La cura de Momo”, “Tú ganas, Clarita”n y la “Promesa”; la ternura en los cuentos “La piñata mágica” y “Las dos huerfanitas”; la aventura en “El club del árbol”, “Aventura en la feria” y “La pandilla súper”; el amor por los animales en “La fuga”; el respeto a la naturaleza en “La ranita cantora” y “Una buena decisión”, hacen de éste un libro versátil e interesante para los niños. Los dibujos que pueden iluminar les permite disfrutarlo —leerlo— de otra manera. Igual que los nietos al final del relato, nos despedimos de Tati y de Papancho, con esa combinación de dulzura y de tristeza que se llama nostalgia. Vendrán otras vacaciones, vendrán otros libros de Elsa Levy, otras oportunidades de adentrarnos a los recintos privados ya los amplios sembradíos de este paraje en el que todos quisiéramos vivir. Por lo pronto, brindemos por este acontecimiento con un pozole, unos sopitos de queso con salsa de jitomate y un buen vaso de tuba. Carmen Villoro Escritora El punto de partida de este libro de cuentos infantiles, fueron mis dos nietos que nacieron y vivieron en EUA. Cuando yo los visitaba descubría cada vez un nuevo y hermosos libro de narraciones infantiles que ellos leían. Después de repasarlos me pregunté por qué no tenían libros que hablaran de las tradiciones y aventuras de los niños mexicanos, entonces me di a la tarea de escribir esos trece cuentos, en los que los personajes son: Papancho, Tati, Fabián, Aldo, Oscarín y, la ciudad de Colima. No fue fácil escribir para niños, pero lo hice con amor y con la ilusión de que a través de mis narraciones, los niños de ascendencia mexicana, reafirmaran sus raíces, y conocieran las costumbres, juegos, tradiciones de los niños mexicanos. Uno de mis proyectos es que este libro sea publicado simultáneamente en español y en inglés. Se que lo conseguiré. LA CURA DE MOMO Érase una vez un niño tan comelón como no se había visto otro igual. Comía a todas horas. Tan fuerte era su hábito que se convirtió en un egoísta. Jamás compartía sus juguetes, ni sus libros; mucho menos sus alimentos. En la escuela buscaba los lugares más escondidos para comer su “lonche”, y si se quedaba con hambre, cosa que seguido sucedía, robaba el de algún compañero. Sus padres lo regañaban continuamente, pero era inútil, porque Momo (éste era su sobrenombre) seguía devorando comida como si tal cosa. Por tal razón, Momo estaba convertido en una bola de carne que crecía y crecía en cada bocado que entraba en su inmenso estómago. En la escuela necesitaron fabricarle un pupitre especial, reforzado con escuadras de acero, ya que en lo que llevaba del año, había despedazado cuatro. Sus compañeros le hacían burlas y ninguno quería jugar con él por temor a ser aplastado Una noche, después de haber cenado cuatro tamales, dos tazas de atole de fresa, un plato de pozole, tres tostadas de pollo, un plato de enchiladas con mole, una jarra de agua fresca de tamarindo y siete buñuelos, Momo se fue a dormir. Más tardó en acomodarse en la cama que comenzar a sentir un fuerte dolor que corrió los cien metros planos dentro de su estómago. Dormitó por un momento y, cuando intentó darse la vuelta para acomodarse mejor, no lo consiguió. Abrió los ojos y una extraña sensación lo invadió, se tocó el cuerpo y se dio cuenta de que había engordado tanto con su última y abundante cena, que sus piernas habían desaparecido dentro de su barriga. Momo se asustó mucho, comenzó a llorar y pensó en ir a buscar a su mamá. Moviéndose poco a poco cayó de la cama. Al principio no sabía cómo iniciar el giro, necesitó impulsarse varias veces con la cabeza y los hombros para comenzar a rodar, pero después tomó vuelo hasta topar con la puerta de la recámara de sus padres. Los padres no lo podían creer, y muy preocupados, en cuanto amaneció fueron a pedirle consejo al médico más anciano del pueblo. Éste, llevándose un dedo a la punta de la nariz y acariciándose después la peluda barbilla, se quedó pensativo por algunos momentos; luego abrió un libro muy grueso, buscó en una de sus páginas y leyó en voz alta lo que ahí decía: “-Cuando de nada sirven consejos ni castigos para curar a un glotón, el único remedio es que éste vaya al bosque de la Frugalidad. Ahí está la laguna de la Moderación. Que la busque, y si la encuentra, en ella se bañará. Sólo entonces sanará Momo se despidió de sus padres para ir en busca de aquella laguna. Su madre, pensando que Momo podría tardarse varios días en regresar, le preparó una mochila repleta de comida, en cuyo fondo guardó una enorme bufanda que había tejido para que Momo se protegiera del frío. Después le dio la bendición y un beso en cada uno de sus mofletudos cachetes. Rueda que rueda Momo se fue internando en el bosque. Al cabo de varias horas se dio cuenta de que en ese bosque los árboles no tenían frutos y sólo corría en medio de él un arroyo. Cansado se sentó a la sombra de un roble frondoso. Abrió la bolsa que le había dado se mamá sacó una servilleta y la puso sobre el piso, enseguida colocó sobre ella un pollo, un inmenso bolillo, un kilo de queso, un racimo de plátanos y un galón de agua fresca de jamaica. Comenzaba a saborear lo que iba a comer, cuando escuchó pasos sobre las hojas del camino. Sorprendido, giró para ver de quién se trataba. De entre los árboles salieron tres niños de diferentes edades, todos igual de flacos y vestidos con gran pobreza. El pequeño grupo se detuvo contemplando con sorpresa la figura redonda de Momo, luego sus miradas se quedaron atrapadas en la abundante comida dispuesta sobre la servilleta. Ninguno hablaba, tan sólo la expresión de sus rostros trasmitió a Momo el hambre que los niños tenían. Momo nunca había visto a nadie que padeciera hambre. Entonces un sentimiento de piedad llegó a su corazón. -¡Acérquense!-les dijo-¡No tengan miedo! Los invito a comer. En cuanto terminó de hacerles la invitación, los tres niños se sentaron a su alrededor y comenzaron a devorar y beber todo lo que Momo había elegido para él. Cuando ya no quedó ni una migaja de pan y ninguna gota de agua, el rostro de los invitados era pura sonrisa y una nueva energía brotaba de sus ojos. Se levantaron y en coro dijeron: -Gracias, amigo-. Luego siguieron su camino. Momo miró la servilleta en la que sólo habían quedado los huesos del pollo y las cáscaras de los plátanos. Tenía hambre. Esto le hizo recordar las veces que, por robárselos, él había dejado son comer el “lonche” a varios compañeros. Sus mejillas se llenaron de rubor. Momo continuó por el bosque hasta que llegó la noche. Se acomodó como pudo entre unos arbustos para protegerse del frío, pero como no fue suficiente, sacó de su mochila la bufanda que le tejió su mamá y se cubrió con ella. Comenzaba a dormirse cuando escuchó cerca de él un débil llanto que reconoció semejante al de un bebé. “¿Un bebé llorando a estas horas en el bosque? Ha de ser mi imaginación”-se dijo-.Pero momentos después volvió a escucharlo. Momo comenzó a rodar. El sonido del llanto lo guió hasta una cueva que se encontraba no muy lejos de donde él había acampado. Dentro pudo ver a una mujer muy joven que tenía entre sus brazos a un pequeño niño. Ambos temblaban de frío. Momo nunca había visto a nadie que sufriera de frío, y de nuevo, un sentimiento de piedad llegó a su corazón. Se quitó la bufanda que colgaba de su cuello y con ella cubrió los hombros de la madre y al bebé. La mujer lo miró y, con ternura de dijo: -Gracias. Dios premiará tu caridad. Al día siguiente después de haber rodado por varias horas, Momo abrió su morral para comer y sólo encontró en el fondo un trozo de jamón. Pensó que se le había terminado la comida y que aún no encontraba la laguna de l Moderación. No sabía qué hacer, por lo pronto decidió comerse el jamón. Momo cogió la carne y ya le iba a dar el primer mordisco cuando se presentó ante sus ojos un perro, que más que perro parecía un esqueleto viviente. “¡Pobre perrito! Qué flaco está”.- Pensó conmovido. El perro se quedó mirando el trozo de jamón y un gemido lastimero salió de su garganta. Momo escuchó el perruno gemido y también el gemido de su propio estómago reclamándole la falta de alimento. Se quedó pensativo y, una vez más, se llenó de compasión. -¡Toma, perrito! A ti te hace más falta que a mí. El perro tragó en un segundo el apetitoso jamón. Movió con alegría su cola y agradecido lamió la mano de su benefactor. Corriéndo desapareció entre los árboles del bosque. Esa noche Momo acampó a la orilla del arroyo. Su cena fue un poco de agua. Al día siguiente despertó con mucha hambre, pero lleno su corazón de un nuevo sentimiento de paz. “¿Ahora qué hago?-se preguntó-¿Hacia dónde camino? ¿Cómo encontraré la laguna de la Moderación? Momo se sintió muy solo y se puso a llorar. De pronto escuchó una voz: -Niño, ¿por qué lloras? ¿Qué te sucede? Momo abrió los ojos y vio parado frente a él a un anciano vestido con una túnica blanca. Su mirada paternal le inspiró confianza, entonces le contestó. -Estoy triste porque no sé en dónde encontrarla laguna de la Moderación. -Y, dime, ¿tienes hambre? -Sí, señor, pero eso ahora no me importa, lo que quiero es encontrar la laguna, regresar al lado de mis padres y de mis amigos para pedirle perdón por lo egoísta que he sido. -Momo, puedes regresar, ya la has encontrado. -¿Qué dice? ¿Ya la encontré? ¿En dónde está? -Ven. Acércate a la orilla del arroyo y mira tu imagen reflejada sobre del agua. Un grito, que fue rebotando en los troncos de los árboles del bosque, salió de la garganta de Momo. -¡Ese no soy yo! -¡Claro que eres tú! -Pero, estoy viendo a un niño flaco y yo soy gordo como una pelota. -Ya no lo serás. Por ti mismo has encontrado la moderación que va unida a la compasión y a la generosidad. Momo, estás curado. Anda, ¡corre! Ve en busca de tus padres. Momo corrió sin parar. Sintió de nuevo la libertad de sus piernas que lo llevaron hasta su casa, en donde sus padres lo recibieron con los brazos abiertos. |