Bienvenida

Trayectoria

Currículo

Premios

Obras Publicadas

Libros

Infantiles

Cuentos Infantiles

Canción Desjaretada

Contacto

Comentarios

Distribuidora Cima

Venta
Escritora
Libros
<< Imagen previa Todas las imágenes de este álbum Siguiente Imagen >>
d)Otras sombras de la luz
d)Otras sombras de la luz
29/05/2009 18:23:20

OTRAS SOMBRAS DE LA LUZ

Cuentos Fantásticos


Libro publicado por EDAMEX, México, 1996- Consta de quince cuentos que sitúo dentro de la literatura fantástica.


COMENTARIOS


La perspicacia y el agudo sentido de observación de la autora de este puñado de cuentos, le permite descubrir, en el mundo de las realidades cotidianas, los mundos de la otra realidad, y es esa la que utiliza para hilvanar sus magníficos relatos, llenos de imaginación y llevarlos hasta su final siempre inesperado, lleno de ternura y delicioso sentido del humor.


Octavio Colmenares

Editor


Con movimientos cadenciosos iguales a los de Igxú, la iguana Kafkiana que atrapa a Gerbacio,
Elsa Levy nos sumerge en un mundo de fantasías urgidas por la realidad de los personajes que nunca terminan de vivir. A los personajes de “Otras Sombras de la Luz”, no les basta la vida para sus quehaceres, tienen que regresar después de muertos, si es que murieron en alguna línea, o en alguna frase, siguen en este mundo para terminar sus encargos, sus pendientes.

   Llama la atención que la mayoría de las acciones se resuelven en una habitación cerrada, no hay campo abierto para las soluciones, incluso en el caso de Gerbacio, el protagonista de “Igxú”, la jaula, en donde es encontrado en posición fetal, es un espacio cerrado; el exterior, Levy solamente lo utiliza como escenografía que resalta el claustro al que son confinados sus personajes.

   Así sucede en , “Los Amantes” de la Galería Sotheby ’s, “Hipólita” que se embebe a la vista de un pastel verde encerrado entre vidrieras, “Ensayo de Fuga”, “La Otra del Espejo”, una de ellas en constante intercambio con la observadora encerrada en el contorno del espejo, e incluso en “Las Tres Marías”, en cuyo desenlace, las protagonistas quedan encerradas dentro de la laguna.

   Los personajes de Levy están en continuo examen de conciencia, escudriñándose a sí mismos; otra constante en este libro es la pintura, presente siempre en la mayoría de los textos. Unas veces casi como protagonista como en el caso de “Imágenes en el Espacio”, siendo en lo personal, el texto que más me gustó; este texto tiene un paralelismo con “Los Amantes” en donde la pintura de Botero está en primera plana, y en Imágenes, Remigia, la que se cubre con camisón de manta, Remigia la que tiene las nalgas como caparazones de carey, la mujer que Arturo trasforma en Emilia la primera vez que hace el amor; estás mujeres pasadas en carnes recuperan el atractivo rubesiano para encantar a los hombres y pasar de los huesos femeninos apenas cubiertos de carne, a la generosidad de las formas redondas y opulentas.

   Elsa Levy conoce de pintura y lo digiere bien en sus textos: en “Flor de Vida” intuyo a Remedios Varo en las imágenes flotando en constante duermevela en el sutil ambiente con música de Edith Piaff. La nostalgia se introduce en las líneas y, a decir de la propia autora, picotea el corazón como pájaro devorador de almendras. Todos ellos, cuadros y protagonistas viven en los textos en constante diálogo con la muerte, cito: “Mi mano tiembla al introducir en la cerradura esta llave de hierro que siempre conservé. Empujo la puerta. Mi temor de que se abriera fue en vano.El lamento de sus goznes eriza mi piel. Yo no quería venir. Tengo miedo, mucho más del que sentí cuando me enteré de que mi muerte está próxima Aún así, todos tienen una oportunidad, sólo hay que estar alertas, aunque Urano y Neptuno no necesariamente tengan que cruzarse como en el caso de “Un Círculo dentro de un Círculo

   Los personajes masculinos, sórdidos en su mayoría, necesitan de las mujeres para resaltar su crueldad o su soledad, como dijo Virginia Woolf: “Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva” Y así, la fantasía toma su lugar, se declara dueña y señora de los actos y pensamientos de los personajes, como en la vida real algunas veces también los hombres, y no perdonan que la realidad la destrone, y si sucede se convierte de oasis y remanso, del consciente y subconsciente, en asesina cruel y vengadora, que la injuria de materializar deseos, que tendrían que ser, solamente deseos, es un acto de venganza, mata al osado infiel. Así Arturo y su amante esposa estrenan su casa al regresar de su luna de miel, con siete puñaladas en la espalda, Remigia, desde cada uno de los cuadros vengó la ofensa.

   Por eso los muertos no acaban de morir, porque los mató otro muerto que usurpaba el mundo de los vivos con desatino y celos. Sólo en el final, en el último texto, el beso fantástico es reconciliatorio, y Rosa besa los labios de Brenda con beso agradecido, cierra el libro con leve aroma a rosas, con los cuadros polvorientos del desván terminados por una mano dormida, y en la ribera de la laguna, dos muertas se abrazan.


 
Martha Vogel

Escritora


En los quince cuentos que conforman este libro, el lector podrá encontrar que las historias giran en torno a acontecimientos fantásticos que se caracterizan por una percepción ambigua de acontecimientos aparentemente sobrenaturales. Enfrentados a esos hechos, los lectores deben de discernir si representan una ruptura de las leyes del mundo objetivo, o si se pueden explicar por medio de la razón.

            Los cuentos fantásticos de Elsa Levy logran que el tiempo de la imaginación se funda y se confunda con el tiempo de la realidad, manejando la presencia de sucesos insólitos que cuestionan a los diversos códigos de lo real.

            La literatura fantástica trata de aquello que la opinión general considera imposible. Veamos ejemplos algunos cuentos de “Otras sombras de la luz”: en el cuento “Igxú” a una iguana le salen alas; en el cuento “Los amantes”, una figura plasmada en un cuadro sale de él y se pasa a otro cuadro; en el cuento “Ensayo de fuga”, una mujer se introduce en una enorme burbuja de energía de energía que le impide salir, en el cuento “Hipólita”, una extraña mujer aparecida le concede su deseo a una niña; y así en los quince cuentos que conforman este libro, que llevan al lector a explorar mundos alternos no necesariamente reales, pero sí verosímiles.


Dra. Carmen Ayech

Escritora



LAS TRES MARÍAS
Cuento en el libro: El vuelo de la Iguana


Anochecía. Aún recuerdo el sonido que producían mis pasos sobre los guijarros del camino, y cómo mis pies, ignorantes, atropellaban en su avance a las flores que libremente crecían en la vereda. La brisa cálida del verano daba su postrer saludo a los tules bamboleantes que custodiaban el acceso a la laguna.

            ¡Laguna de la María! Pocos sabíamos en esa época de su existencia. Fui a Colima a visitar a mis abuelos; todas mis vacaciones, desde mi temprana edad, las pasé vagabundeando por el rancho del abuelo, compartiendo largas caminatas con los vaqueros y mozos, quienes se divertían contándome historias.

            -Niño Ricardo, ¿ve ese aguacate grandote a la orilla del arroyo? pos ahí hace muchos años amaneció un hombre ahorcado; dicen que la lengua le llegaba hasta el suelo, y cuando lo encontraron la tenía llena de hormigas

            Yo, sin querer demostrarles el pavor que me producían sus narraciones, me alejaba rápidamente tomando otra vereda.

            Y, ¿qué decir sobre los cuentos de fantasmas y aparecidos, que Chencha la cocinera nos contaba?       Todas las noches arrastraba un equipal hasta dejarlo bajo el naranjo del patio, ahí, mis primos y yo la rodeábamos, y mientras ella limpiaba los frijoles para la comida del día siguiente, su voz ronca y sus relatos, nos mantenían en temeroso silencio.

            Terminadas las vacaciones, cuando regresaba a casa, por las noches, en la oscuridad de mi cuarto, danzaban las figuras del Catrín, la Llorona, el hombre sin cabeza, el jorobado de los pies grandes y otros personajes más. Yo cerraba con fuerza los ojos para no verlos, rezándole al ángel de la guarda con más devoción que nunca. Después de varios días y con mi espíritu ya tranquilo dialogaba conmigo mismo.

            Los fantasmas no existen, son cuentos de los vaqueros y de la Chencha. Cuando yo sea grande voy a saber si de verdad son ciertas sus historias

            Al día siguiente de mi arribo a Colima, muy de mañana ya cabalgaba sobre el retinto de mi abuelo recorriendo el rancho. Ubaldo, el viejo capataz, se ofreció a acompañarme.

            -Joven Ricardo, ¿se acuerda del árbol del ahorcado? ¡Cómo nos reíamos de usted cuando era un chilpayate!

            - Sí, Ubaldo, cómo o me voy a acordar. Aunque ya tenía muchos años sin venir al rancho, siempre recuerdo sus historias de fantasmas y aparecidos.

            -A propósito de fantasmas, joven Ricardo, ¿se acuerda en dónde queda la hacienda de San Antonio? Aquella que lo llevamos una vez para que conociera el acueducto; pues figúrese que dicen que cerca de ahí, en una pequeña laguna, una vez cada año se aparecen unos fantasmas, y precisamente por estas fechas. ¿Usted cree que es cierto?

            -Ubaldo, le respondí, ¡ver, para creer!

            Días después me encontraba solo, en medio de la sierra, con las instrucciones que me diera Ubaldo para llegar a la laguna, las alforjas llenas de la comida que había preparado mi abuela, dos cobijas, una linterna y mis nervios excitados al máximo.

            Seguí caminando por un largo rato, había obscurecidos totalmente. Al salir de un recodo del camino, se abrió ante mí el espectáculo de un huerto de magia que abrazaba un espejo de aguas llenas del crepúsculo empurpurado por la tarde. El tenue olor a miel y cera de las colmenas cercanas evocaba el ambiente en un templo. En el cielo, una nube transportó a la luna y con suavidad la depositó en la colina cercana, y ella, generosa, se derramó en la laguna que reflejaba ya las sombras de los árboles mezcladas con los matices del agua.    

            Vencido por la belleza del paisaje, me senté en un tronco de la orilla. Allí permanecí sin tener percepción del tiempo. Poco a poco, mis ojos pudieron desprenderse del espejo alucinante para iniciar un recorrido por las márgenes de la laguna, hasta toparse con una figura inmóvil, casi imperceptible en la penumbra, que contemplaba la laguna. No me pareció un fantasma. Seguí observando con atención, luego me incorporé y, caminando con cautela, fui aproximándome para enterarme de quién se trataba.

            Los rayos de la luna iluminaron al hombre: flaco, lampiño y borroso, de cabello hirsuto y canoso, ojos pequeños de mirada triste, y labios apretados como un cerrojo; los surcos que atravesaban su enjuto rostro hablaban de cosechas centenarias. Hasta mi escondrijo llegó el fuerte olor a sudor y tierra que emanaba de sus ropas ajadas.       

            Lo contemple por unos instantes sin hacer ruido. Él permanecía en la misma posición con la mirada perdida en la distancia. Al fin me decidí y, moviéndome sobre la hojarasca para que sintiera mi presencia, comencé a caminar. Al llegar a unos pasos de él, dije el buena noche, clásico de la región.

            -Buena nochi-. Me respondió sin extrañarse de mi presencia. -¿Qué lo trai por aquí?

            -Vine a conocer La María, y a ver los fantasmas que dicen que por este tiempo salen de la laguna—. Le respondí, sus pupilas tristes se fijaron con insistencia en las mías, un suspiro de alivio salió de sus labios y exclamó causando mi asombro:

            -¡Al fin llegó! - rápido continuó-¿Usté no cree que se aparecen?

            -¡claro!- le contesté, para no discutir mis teorías con él -pero, dígame, ¿las ha visto usted alguna vez?

            -Tengo cincuenta años que cada treinta de junio, que es hoy, vengo aquí para mirar a las Marías.

            -¿Son mujeres? ¡Cuénteme! lo apremié con interés. -¿Quiénes eran? ¿Por qué se aparecen en medio de la laguna? ¿Por qué este día?

            -Tomé asiento, señor-. Se movió cediéndome parte del tronco en el que se encontraba. Al estar junto a él sentí que una fuerte y extraña fuerza nos unía.

            -Mire, señor, soñé muchas veces que alguien como usté vendría para que yo le contara lo que a naiden le he dicho, no sabía cuando, pero ansina debía de ser, entonces, a su persona se lo diré: Qué bueno que llegó porque ya estoy muy viejo y pronto voy a morir; aunque no me lo crea, ya tengo noventa años. Espero no cansarlo; voy pues a contarle lo que aquí pasó.

            El viejo hizo una breve pausa, lanzó un suspiro y dio comienzo a su relato.

            -Cerca, más allá de la sierra, desde hace muchos, muchos años, hay un pueblito llamado El Platanar. Mis abuelos nacieron allí, y los de mi Lupe, que en paz descanse, también. Es un lugar muy chiquito, y todos somos muy pobres; sembramos las parcelas familiares con café y maíz, tenemos gallinas y de eso vivemos. Ahora ya podemos ir de vez en vez a Comala o a Colima, pos ya hay mejor camino, pero antes sólo era una brecha pa caballos. Pos mire, cada tres meses, jalando una recua de mulas llegaban al pueblo los comerciantes; ellos nos traiban telas, cobijas, algunos fierros, santos y de esos polvos y listones pa las mujeres. De esto que le hablo fue hace cincuenta años. Como ve, ya creció la milpa. Ahí vivían las tres Marías: María Eulalia, María Engracia y María Elvira.

            Las tres eran hermanas, todas a cual más de chulas y tiernitas. Dieciséis, quince y catorce años. Allá todos les tenían aprecio, porque eran alegres y trabajadoras. Le ayudaban a su madre en los quehaceres de la casa y todavía se daban maña para darles una mano a las vecinas. Las tres andaban siempre juntas y nunca se peliaban; juntas a misa, al rosario, a lavar y bañarse en la laguna. Los sábados les daban catecismo a los chiquillos. Le digo todo esto, porque todavía no llego a entender, cómo hizo el cabrón del Eleuterio pa enamorarlas a las tres y que ellas no se dieran cuenta.

            El Eleuterio era uno de esos vendedores que venían al pueblo. El nació en Zapotlán, siempre andaba muy prendido, y presumía que dizque había estudiado mucho y que conocía todo el mundo. ¿Usté cree? ¡Puras mentiras! Se traiba de cabeza a todas las muchachas, y les prometía que se las iba a llevar pa la capital. Yo creo que lo mesmo les prometió a las Marías y ellas se lo creyeron.

            Las costumbres del pueblo eran muy duras, pero ya ve como los muchachos se las arreglan, y pa que le cuento, en una de las venidas del zaplotanero las deshonró a las tres; ansina como se lo digo. Las niñas no dijeron nada a nadie, esperando tal vez que el indino volviera pa cumplirles. Pero un día su secreto lo descubrieron, cuando María Elvira, la más chiquilla, se puso mala de repente. Se sintió tan enferma que no le quedó más remedio que confiar en sus hermanas diciéndoles lo que le pasaba. La muy infeliz estaba cargada, iba a tener un chilpayate del hijo de la chingada del Eleuterio.

            Las otras muchachas, después de saber lo de Elvira, tuvieron que confesarse que les pasaba lo mesmo a ellas. Afigúrese usté, las tres engañadas por el mesmito cabrón.

            -¿Cómo se enteró?-me atreví a preguntarle.

            -Pos, una tarde que regresé temprano del campo, escuché sin querer la plática de ellas. Y ahí me quedé tras la puerta, mudo, agarrotado de rabia y de vergüenza. Pasé muchos días tragando mi odio y me prometí a mí mismo lavar la deshonra de las Marías. Ansina fue. En la siguiente venida del Eleuterio, me puse a espiar a las muchachas, y oí cuando una de ellas lo citó a las orillas de la laguna. Ahora va la mía, pensé. Y ya cerca de la media noche agarré mi machete y me jui sin que nadie me viera rumbo a la laguna, pa sorprenderlos y darle su merecido al cabrón. Cuando llegué al lugar en donde se iban a encontrar, me tuve que tapar la boca para no gritar. Ahí, bajo esa parota, vi a las tres muchachas, cada una con un cuchillo ensangrentado entre las manos, y a sus pies, tirado, lleno de sangre, ya sin vida, a su burlador que parecía verlas con sus ojotes pelados del susto.

            El viejo veía hacía el sitio que me había indicado, con los ojos fijos y redondos, como si lo que estaba narrando sucediera en ese mismo instante. Después de unos momentos siguió.

            -Me quedé quieto mirando lo que hacían: con los mesmos cuchillos y las manos, cavaron una zanja y ahí lo pusieron toito muerto. Ellas no decían ninguna palabra, como que se habían puesto de acuerdo lo que iban a hacer. Ya que le echaron tierra y hojarasca encima, dejaron los cuchillos formando una cruz sobre el altero de tierra. Luego se tomaron de las manos y caminaron despacio rumbo a la laguna. Yo, con estos viejos ojos fui testigo de eso. Se fueron metiendo sin soltarse; quise correr y detenerlas, pero una fuerza que no sé de dónde salió me tenía tieso como si estuviera sembrado. Traté de gritarles, más no me salían palabras de mi boca; sólo veía y veía cómo el agua las tapaba. Y ahí se quedaron ya sin salir. Todos estos años he pensado que yo hubiera podido detenerlas y eso que me lo impidió fue el coraje y la vergüenza; coraje por no haber sido yo el que matara a Eleuterio, y vergüenza por la deshonra de las tres. Ahora sé que fui un cobarde y las dejé morir.

            Como se podrá imaginar, en el pueblo fue un escándalo, todos hablaban de su desaparición. Las buscaron en todas partes, hasta en la mesma laguna, pero sus cuerpos nunca flotaron, ahí se quedaron abajo. Callé todo. Mi Lupe, después de un tiempo, murió de tristeza. Y yo, año con año, vengo aquí, pa que algún día mis hijas me perdonen por no haber impedido su muerte.

            El viejo terminó de hablar, por las grietas de sus mejillas escurrían lágrimas que hablaban por sí solas de su dolor y arrepentimiento.

            Era ya medianoche cuando el anciano quedó repentinamente inmóvil, tanto que parecía de piedra, su vista fija, prendida en la laguna. Yo lo observaba. De súbito, cesó toda actividad, el universo físico se detuvo. Sentí que una mano helada recorría mi espalda, mi respiración y los latidos de mi corazón galoparon sin freno. Una tenue neblina cubrió la laguna y una extraña luz se reflejó en su centro.

            Lentamente de entre la bruma fueron emergiendo tres borrosas figuras que semejaban mujeres de larga cabellera. Se deslizaron flotando muy juntas hasta llegar a la orilla en dónde nos encontrábamos. El hombre seguía inmóvil como sumergido en un trance.

            Ellas se detuvieron, y tal me pareció que extendieron los brazos hacia el viejo en actitud de acogimiento. Él abrió los suyos y casi puedo decir que se tocaron.

            Yo no podía despegar mis ojos de la cara del anciano; poco a poco su anterior tensión se fue disipando, sus rasgos se suavizaron y una expresión de paz transformó su rostro.

            Luego, las figuras se movieron lento, juntas, muy juntas. Yo creí percibir que un sonido melodioso las envolvía. Suavemente desaparecieron en el centro de la laguna. La naturaleza recobró su actividad habitual.

            Después de algunos minutos, el hombre exclamó.

            -Ya puedo morirme tranquilo, ellas me han perdonado.

            Ahí lo dejé.

Por el resto de la noche, volvieron a mi insomnio las imágenes del Catrín, la Llorona, el hombre sin cabeza, el jorobado de los pies grandes, y las tres Marías. Cerraba  con fuerza los ojos para no verlas, pero ahí estaban, nítidas, transparentes, extendiendo sus brazos hacia el padre.

 

Hoy es treinta de junio, falta poco para la media noche, estoy aquí, como todos los años, en la rivera de la laguna, en espera de las tres Marías.


LOS AMANTES
Cuento en el libro: Otras sombras de la luz


La galería de arte Sotheby’s, fundada en Londres en 1744, establecida hoy en New York en la esquina de Avenida York y la 72, anuncia en el cartel que llena uno de sus ventanales la bianual subasta de Pinturas, Dibujos, Esculturas y Grabados Latino Americanos, para mañana lunes 19 de mayo de 1992.

Son las doce de la noche, afuera, una lluvia pertinaz bruñe el pavimento de la avenida aún transitada. A lo lejos se escucha el barundeo de los rayos que desgajan las nubes e iluminan como estrellas fugaces las aguas de la bahía. Juan Castellanos, velador de la Galería, inicia la primera ronda nocturna a través de los diversos salones que, para su mayor seguridad, permanecen iluminados. Sus pensamientos, igual que su mirada avizora, resbalan por cada

uno de los objetos de la exposición.

            “Ya llevo diez años de trabajar aquí, tantas y tantas obras de arte que he visto y todavía no me entra en la cabeza cómo hay gentes que compran estas tarugadas. Bueno, aunque algunas pinturas sí las veo bonitas como esos paisajes con volcanes, aquella india abrazando el ramote de alcatraces y los charros junto al río. Los santos y las vírgenes son los mejorcitos, éste-Juan se detiene ante una pintura oval firmada por Miguel Cabrera, titulada: “La Coronación de la Virgen”-me gusta mucho, tiene un chingo de angelitos, y la virgen, de verdad está chula. En otras exposiciones he visto a la Guadalupana, en ésta no trajeron ninguna. Yo tengo en mi casa un cuadro de la virgencita del Tepeyac, mi vieja se la vino cargando desde México, todavía me acuerdo que me dijo: “primero dejo a mis hijos que olvidar a la Guadalupana Las vírgenes están bonitas, pero luego miro tantos cuadros y estatuas de mujeres encueradas; como que a los artistas les gusta pintar y hacer nalgas, luego, a otras viejas parece que no alcanzaron a terminarlas, hasta se parecen a los dibujos que hacían los borrachos en el excusado de “La barca de oro”, la cantina de mi pueblo.

            Juan observa ahora un grupo de pinturas impresionistas.

            “Estas pinturas de puras rayas, manchas muy torcidas, colores como de tormenta, y unos monos rete feos parecen pintadas por el chamuco, a éstas no las entiendo, y mucho menos lo que cuestan. Esta pareja dizque de un hombre y una mujer, sin ojos, con la cara cuadrada y la nariz como un plátano apachurrado, cuesta 500,000.00 dólares, ¡soon a babich!, no es que yo sea envidioso, mi santa madrecita me enseñó a no desear a la mujer de mi prójimo, ni las cosas ajenas, pero con ese dinero yo me podría comprar una casa, mandaría a mis hijos a la universidad, podría ayudar a tantos mojados como me ayudaron a mí mis hermanos, y hasta traerme legalmente a la runfia de sobrinos que tengo en México. Pero qué le vamos pues hacer, así es la vida; para mí los ricos están pendejos y andan miando fuera de la olla

            Juan pasa a otro de los salones, deja atrás el conglomerado de pinturas cubistas. Se detiene y observa con atención un cuadro de regular tamaño.

            “Esta pintura del charro con sombrero, tocando la guitarra apara la muchacha de las trenzas largas que está recargada en un agave, me recuerda a mi pueblo Atotonilco. Dice la etiqueta que lo pintó un tal Gabriel Fernández Ledesma y que nació en Aguascalientes México, ¡pues sí!, tenía que ser de los nuestros. Todavía me acuerdo de las tantas veces que le llevé serenata a Dolores, mi compadre Emeterio tocaba la guitarra y yo cantaba, desafinado pero con mucho sentimiento; así me conquisté a mi vieja. Aquí no se usa eso, en New York la vida es muy dura y peligrosa, sobre todo para nosotros los pochos, chicanos, latinos, o como nos digan. Puritito trabajo, y nomás para poder rentar un departamento chiquito como una jaula, y por allá tan lejos, que parece que para venir acá todos los días, voy y vengo de Atotonilco hasta Guadalajara; pero no me importa las horas metido en un carro del metro si conservo mi chamba. Yo soy suertudo, desde que llegué conseguí trabajo, en cambio muchos de mis paisanos andan de aquí para allá como almas en pena causando lástima, escondidos como ratas para que no los agarre la migra. .Ahora hasta los legales no encuentran trabajo. Por eso yo cuido mi chamba y no me pesa haber tenido que entrar a estudiar inglés. Fui a la escuela muchas tardes de muchos años, soy cabeza dura para aprender, pero ya entiendo y me doy a entender. Aquí en la Galería me pienso quedar hasta que me pensionen, entonces sí podré güvonear

            Juan reanuda su ronda. En el muro frente al cuadro de Fernández Ledesma, se encuentra una serie de pinturas de grandes dimensiones del pintor colombiano Fernando Botero, ante las cuales se detiene.

            “Estos cuadros me dan risa, me entretiene mirarlos. Este señor todo lo pinta gordo, hasta el gato éste que le va a llegar a la sopa verde que seguro es de chícharos. A esta niñotota la puso montada en un caballito que apenas podría cargar a una tuza. Ya ni la burla le perdonó a este Cardenal con la panza de barril que le pintó. ¿No será que los Cardenales son muy tragones? Al menos el señor Cura de Atotonilco sí. Me acuerdo que cuando llegué a ir al curato a la hora del almuerzo, nomás se me caía la baba de mirar todo lo que tenía en la mesa: champurrado caliente, tamales, pan dulce, frijoles refritos, panela, salsas, cecina, tortillas recién hechas, todavía se me hace agua la boca. ¡Ah! Lo que más risa me da, y la miro mucho cada vez que hay exposiciones, es a esta vieja gorda que el tal Botero pinta a cada rato y de todas formas. En este cuadro con las nalgas al aire mirándose en un espejo; en ese otro muy encatrinada con un vestido de rayas, fumando y creyéndose la muy muy. Pero el mejor es este, el más grandote de todos , aquí la puso rete encuerada; bueno, no sé si se está vistiendo o desvistiendo porque trae un vestido arriba de la cabeza y como sacando o metiendo los brazos, pero se mira muy chistosa en cueros, sentada en una cama, con una pierna cruzada encima de la otra, las uñas de los dedos de sus pies bien pintadas, y hasta le dibujó los pelos de los sobacos y los de su pucha. Lo que más me da risa es su amante, así dice la etiqueta que se llama el cuadro. Bueno, de amantes no tienen ni madre, porque el hombrecito que está en la cama con ella está dormido. Ella se mira de esas mujeres garrudas y calientes. Con semejante viejorrona quién se duerme, sólo al ñengo se le ocurre. ¡Jijos de la jijurria el precio es de 800,000.00 dólares.

            Juan permanece unos momentos con la boca abierta, luego saca de la bolsa de su chamarra una libreta pequeña y un lápiz ,y, apoyándose en su mano izquierda anota unos números.

            “Yo gano ahora 1,500.00 dólares al mes, hago la cuenta y …necesitaría trabajar cuarenta y cinco años, no gastar ni un penny, para juntar el dinero y comprar “Los Amantes Es una pendejada; con 100.00 dólares me encuentro en Harlem una gorda como esa, pero viva y ardientosa

Juan termina su ronda, entra en su cubículo, saca de un cajón un termo de café, llena una taza y se dispone a disfrutar en la televisión de su programa favorito: “Variedades de media noche En el exterior la lluvia arrecia. Ahora las luces y el bongó de las descargas eléctricas se derrama como un venero intermitente. Juan no lleva ni quince minutos riendo con las picardías del conductor del programa, cuando escucha un estruendo que lo ensordece y que identifica por un rayo capturado por la antena del edificio. Las imágenes en la televisión se esfuman, las luces de la Galería se apagan. Juan se incorpora renegando en voz alta mientras masajea sus oídos.

            “¡Me lleva la chingada! El rayo estuvo cabrón, hasta sentí como que tembló

A tientas busca sobre la mesa cercana a él hasta encontrar una linterna, la enciende y va al teléfono más próximo, marca un número y en su inglés mal pronunciado notifica el daño.

            “Dijeron que en dos horas vienen a componer la luz, y aquí lo que dicen lo cumplen. Ahora sí voy a echarme una cieguita, después de todo, acabo de hacer la ronda; total, cuando llegue, la misma luz me despertará

Juan se acuesta en uno de los sofás de la recepción; a los pocos minutos sus ronquidos inundan la solemnidad ancestral de Sotheby’s. El hombre no es consciente de los susurros entremezclados, ruidos de pasos sobre el parqué del piso, acordes de guitarra, y finalmente los diapasones rítmicos de los muelles de una cama, que brotan de la última sala de la Galería.

Han pasado dos horas, tal como Juan lo predijo, la reaparición de la luz le hace despertar de un brinco y abrir los ojos, tanto, como la necesidad de absorber con su retina los objetos diseminados a su alrededor para ubicarse en la realidad.

            “Ya llegó la luz, y oigo que ya no llueve. Me beberé un café para terminar de despabilarme. Luego haré una ronda

            Juan comienza su recorrido habitual: el salón del arte religioso; el de cubismo; pinturas coloniales; pinturas y esculturas modernas. Todo lo encuentra en orden. Al llegar a la última de las salas se detiene ante un cuadro. Parpadea, abre los ojos como monedas de a dólar, da un paso al frente, se restriega los ojos, vuelve a mirar y exclama.

            -¡Pero qué chingados es esto! ¿Estoy soñando? ¿Qué fue lo que pasó?

            El cuadro de “Los Amantes” luce completamente distinto a como fue contemplado hace dos horas por Juan.

            “¡Shit! Esto no puede ser, la gorda está acostada en la cama con otro hombre, el ñengo ha desaparecido. ¡Válgame la Virgen santa! Un sombrero de charro está colgado en la cabecera, y debajo de la cama se mira saliendo una guitarra

            Igual que si le hubieran tirado de un resorte, Juan voltea hacia el muro de enfrente: en el cuadro de Fernández Ledesma, en el sitio en donde estaba el charro tocando la guitarra, ahora sólo hay nubes agrisadas. La cabeza del vigilante semeja un cronómetro moviéndose de un cuadro al otro. Sus ojos incrédulos luchan por mantenerse dentro de sus óbitas.

            “El charro se vino a enamorar a la gorda, pero ¿cómo lo hizo? Esto sólo puede ser obra del diablo, seguramente porque me burlé de él. ¡Ave María Purísima! Virgencita de Guadalupe, ayúdame, tengo miedo”.

            Juan oprime una mano con la otra, luego se santigua, se rasca la nuca, se mesa el cabello, camina dos pasos hacia atrás, se detiene, mira y vuelve a mirar los dos cuadros.

            “¿Ahora qué hago? En la mañana van a encontrar este estropicio y no sé cómo lo explicaré. Seguro que me van a correr. ¿ Y si me demandan? Este es el cuadro de los 800,000.00 dólares, el de los cuarenta y cinco años de trabajo. Mejor me muero. Virgencita Guadalupana, hazme el milagro de que estos cabrones se vayan cada uno a su lugar y de que aparezca el ñengo. Te prometo no fumar , no beber tequila, ni buscar viejas en todo lo que me quede de vida

            El hombre detiene por unos momentos sus súplicas mentales. De pie, con las manos en actitud de oración, observa el cuadro de Botero esperando el milagro. Nada sucede.

            “Virgencita, hazme caso. Mira, si me cumples el milagro, te juro que voy a México y entro de rodillas a tu Basílica

            Los minutos no pasan, se quedan en los ojos, en los hombros de Juan, duros, pesados como trozos de hierro. Los hombros se enjutan, los ojos se llenan de viscosidad. Juan suspira, baja los párpados y permanece inmerso en su interior. Al abrirlos su expresión ha cambiado, una luz de esperanza los redime. Ahora habla en voz alta, con la confianza de que a quién se dirige lo escucha.

            -Estoy seguro de que la responsable de todo fuiste tú,-señala con el dedo índice a la mujer gorda del cuadro-estabas aburrida del ñengo y le coqueteaste al de enfrente. Así que a ti te lo pido: por favor, haz que el charro se regrese a su lugar y el ñengo a tu cama, no ves que me vas a causar un problemón, me voy a quedar sin chamba, me van a meter a la cárcel, mi esposa y mis hijos se van a quedar desamparados; ellos están tan orgullosos de mí, yo malbaraté hasta el último pedazo de mi parcela y me los traje a este país para tener una vida mejor, lo estoy logrando a base de joderme trabajando aquí cuidándolos a ustedes. Te lo suplico, qué te cuesta, regrésate a como estabas, sentada, desvistiéndote. La virgencita se me hace que no quiso escucharme, tal vez no me lo merezco. Tú tienes cara de buena persona, ¡ándale! Hazme el milagro, o peléale al diablo por la travesura que me hizo. Te prometo que ya no me voy a reír de ti.

La voz de Juan se ha enronquecido de tanto repetir su petición. Todo ha sido en vano, los dos cuadros siguen iguales a como los encontró después de la tormenta. Abatido y cansado, se encierra en su cubículo.

Ya es entrada la mañana, en unos minutos más Juan abrirá las puertas, los empleados comenzarán sus actividades. Hoy es el día de la subasta. Su cara refleja pesadumbre cuando, como es el reglamento, acompañado por el gerente hace la ronda final para entregar la Galería en completo orden. Se acercan a la última sala, Juan se alista para lo inevitable. Baja la vista y camina con pasos inseguros en espera de la exclamación de asombro de su acompañante, y con ella, la decisión de su destino. Nada sucede. Llegan a la salida, Juan levanta la mirada, se detiene en seco, el gerente sin notarlo prosigue su camino. Juan se regresa corriendo al lado de “Los Amantes

            “¡Dios santo! La gorda está en su lugar y el ñengo sigue dormido.-voltea al muro de enfrente--El charro regresó con la ranchera de las trenzas. ¡Me hicieron el milagro! Debes haber sido tú Virgencita de Guadalupe -cae de rodillas-. Gracias, gracias, sabía que no me fallarías, tú nunca desamparas a tus hijos mexicanos. La semana entrante pediré permiso e iré a cumplir mi manda

            Juan, en su euforia, no es consciente del sollozo que se aborta en la colosal garganta, ni percibe que, sobre la mejilla de la amante, se desliza una gota cristalina.

<< Imagen previa Todas las imágenes de este álbum Siguiente Imagen >>



Bienvenida
Trayectoria
Currículo
Premios
Obras Publicadas
Libros
Infantiles
Cuentos Infantiles
Canción Desjaretada
Contacto
Comentarios
Distribuidora Cima
Venta
Bienvenidos a mi mundo